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Las ciudades, o ciertas partes de las ciudades, son bellas porque son comprensibles. Un cierto tipo de orden las hace comprensibles y, por consiguiente, bellas. Lo que quiere decir mejores lugares para vivir. La idea de orden incluye, por supuesto, la adopción de ciertas proporciones (o desproporciones), de ciertos colores y materiales y, no menos importante, de un cierto tipo de vegetación.

Lo que hoy se va produciendo en el entorno de las ciudades me parece que debería ser interpretado no tanto como el crecimiento de una ciudad sino más bien como la superposición y la agregación de nuevas y viejas estructuras urbanas. Estructuras urbanas cuya fundación está basada en una cierta estrategia frente al mutuo aprovechamiento de los servicios, los equipamientos y las diferentes alternativas que brindan las nuevas condiciones económicas.

@ A los arquitectos no nos debería preocupar el futuro de la arquitectura en abstracto. Me parece más importante, al día de hoy, que nos preocupemos por tratar de formar parte de una profesión razonable (se llame como se llame) relacionada con la construcción tanto de edificios como de ciudades y hasta de paisajes. Una profesión cuya preocupación fuera, en última instancia, el campo de las formas de la construcción.

La preocupación por los problemas de las formas ha sido siempre la cuestión fundamental de la arquitectura entendida desde un punto de vista cultural que incluye, también, el de la arquitectura popular. La preocupación por la forma es propia de los buenos constructores más allá de todas las otras cuestiones que le deben preocupar: las condiciones técnicas, los usos, las posibilidades económicas, etcétera.

@ Los arquitectos deberíamos revisar algunas de las ideas sobre las que estamos trabajando. Creo, por ejemplo, que deberíamos dejar de lado algunos presupuestos filosóficos (en general mal digeridos) para centrarnos (aunque sea por un tiempo) en cuestiones más referidas al oficio (sea tanto del proyecto como de la construcción). Deberíamos ser partidarios de lo sencillo y compacto más que de lo complejo e indefinido.

Toda propuesta que hiciéramos debería estar avalada por una referencia o unas referencias a uno o varios casos conocidos de la realidad (de la que para los arquitectos también forman parte los proyectos no construidos y las experiencias fracasadas). A mí me parece que esto podría contribuir a definir un poco mejor nuestro campo de trabajo y, en consecuencia, reencauzar nuestra actividad como una profesión con bases más sólidas de responsabilidad social y cultural, y con menos interpretaciones romántico artísticas que actualmente se esconden detrás de la hipertecnología y las nuevas teorías sobre las sociedades informatizadas.

Deberíamos repensar nuevas formas significativas que tengan que ver y se apoyen en las grandes transformaciones que se están produciendo en la vida social y económica. Sin embargo, estas nuevas formas no deberían ser culturalmente condescendientes, deberían ser parte del proceso de transformación y, a la vez, culturalmente críticas. Es decir, no deberían ser formas cuyo significado estuviera centrado en el carácter persuasivo de la arquitectura. Deberían ser parte de la elaboración de unas opciones culturales generales y abiertas en contra de las más cerradas y comprensibles solo por parte de los arquitectos.